Tenía años y estaba en 3° de kinder. Tenía varios
amigos con los que jugaba en la escuela. Faltaban como 15 minutos para la hora
de recreo pero yo ya estaba afuera, porque había terminado correctamente mis
trabajos.
Ser el
primero en terminar significaba que no habría nadie en el patio con quien jugar
pero aun así me esforzaba por serlo; era un jardín enorme y yo estaba solo.
Hasta que salió la niña más fiera y pelionera del salón. La verdad es que no
recuerdo su nombre.
Tenía 5 años
y no quería estar con niñas. La única mujer con la que jugaba era mi hermana de
10 años, de ahí en fuera solo convivía con niños. Pero ese día estaba solo con
la niña a la que solo conocía por perseguir y patear a los niños que la toreaban
para que los persiguiera y los pateara. En el patio de recreo, seguía jugando
solo o jugaba con ella. No recuerdo como pasó, si fue espontáneo, repentino o
gradual. Recuerdo un orgullo que no me
tragué y su despreocupación que nunca se fue.
Tenía 5 años
y estaba jugando con la niña toro. Gobernando el inmenso patio lleno de juegos.
Uno a uno recorrimos cada juego hasta que se volvía aburrido. No pudo haber
pasado mucho tiempo desde que salí del salón de clases hasta cuando estábamos
girando a toda velocidad en el carrousel, pero sentí como si hubiera sido un
recreo completo.
Tenía 5 años
y estaba platicando con la niña toro. Los juegos más codiciados estaban
desocupados pero nosotros estábamos aferrando nuestras manos y piernas a los
barrotes del carrousel. La niña toro lo hacía girar más rápido que cualquier
niño de la escuela.
Ya casi se
terminaba la hora de clase y ella me dijo que cuando salieran los otros niños,
podríamos seguir jugando en el carrousel y que no me haría daño como a los
demás. Yo también aporte algo en el trato pero no estoy seguro que fue, aunque
no importa porque nunca se dio la oportunidad de que yo cumpliera mi parte.
Tenía 5 años
y era la hora de recreo. Mis amigos me miraron, luego me miraron las otras
niñas. Mis amigos corrieron hacia los juegos que acostumbrábamos ocupar. Las
niñas se subieron al carrousel como piratas y de alguna forma se aseguraron de
hacerme notar que no pertenecía ahí. Se aseguraron de hacerle saber a la niña
toro que era su responsabilidad bajarme porque era su culpa que yo estuviera en
primer lugar.
Le recordé
nuestro trato, ella me miró y luego volteó a ver a las niñas. Enseguida un
pequeño empujón y la fuerza centrífugaa se encargó de llevarme a las piedras.
Mis manos y rodillas sangraban, pero solo un poco.
Tenía 5 años,
también tenía dudas que se fueron y volvieron constantemente con los años. Pero
en ese momento a solas con las rodillas raspadas caía un pequeño cincelazo en
mi cerebro como si fuera un pequeño bloque de mármol gris.

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